Todo lo sólido se sostiene en el aire
por Natalia Moret

1.

Era la quinta vez que leía el mail; la cuarta y quinta lo había leído en voz alta. Sobreactuaba, para sí misma, porque no había nadie que pudiera confirmar que el correo le provocaba asombro y malestar, sobre todo malestar. Breve y claro, decía:

Hola, ¿cómo estás? ¿Qué te parece si tomamos algo el jueves?
Un beso, G.

Gastón Hernandez firmaba “G” como si él y Helena tuvieran confianza. En cierta forma sí la tenían, se habían conocido seis años atrás cuando él empezaba a salir con su amiga Laura. Hasta habían compartido algún viaje corto con más gente. Pero Gastón confundía con un descuido alevoso, y estratégico, tipos muy distintos de confianza. Porque ellos dos nunca habían sido nada: ni amigos, ni enemigos: conocidos por un tercero en común. Y entre ellos dos nunca había habido nada: reconocimiento mutuo –ambos biólogos- y cierta simpatía: una mínima atracción que sólo se hacía más presente porque estaba claro que entre ellos dos nunca iba a haber nada. Era el código implícito, lo correcto, la moral burguesa en acción manteniéndolos a todos en una estructura imperfecta pero segura. Como todas las reglas, se hacía presente cuando sonaba la alarma, y si sonaba la alarma estaba todo bien. Como la fiebre.

Se recostó boca arriba con las piernas cruzadas, intentando mantener la espalda lo más recta posible. En camisón y con el pelo húmedo en un rodete, dejó sonar el teléfono hasta que atendió el contestador. Hola! No estamos, ya sabés lo que tenés que hacer. Llegó a escuchar parte del mensaje que le estaba dejando su hermana menor y reconstruyó el resto: una vez más había olvidado –o prescindido de, el mensaje era conscientemente ambiguo- llamar a su abuela por su cumpleaños. No llamaste a la abuela, decía la voz seca de su hermana Inés, como cuando quería dejar en claro que algo estaba mal, que le parecía de pésimo gusto. Emilia, su hermana mayor, no tenía ningún inconveniente en armar escenas públicas, pero Inés era más de indignarse. Nada de furia explícita, o toda contenida en los ojos y en la sequedad de la voz, con una mezcla de desdén y lástima hacia el que obraba mal. Ella era ocho años menor; no podía, no correspondía que fuera la más responsable. Se abusaban de ella. La hundían. Emilia, por esposa y madre y alejada para siempre de la rutina, la dicha y la ruina familiar –ya tenía su propia nueva familia como tarea y excusa-, y también ella, Helena, de novia con Julián hacía ya casi una década y todavía en veremos a dos meses de cumplir los treinta y dos años. Así –pensaba, lo sabía, Helena- la veía Inés, su hermana la buena, y así también la veían su madre y su hermana mayor. Las imaginaba hablando por teléfono con alguna amiga. Dirían: ¿Lena?, igual, de novia hace diez años pero sin proyectos importantes.

Buscó el teléfono de la mesa de luz y marcó el número de su novio. Apagado. Tal vez estaba en el subte, porque volvía del trabajo en subte y ahí abajo casi nunca hay buena señal. Pero a esa hora el subte ya no funcionaba. Podía haberse quedado sin batería; era poco probable pero posible. Volvió a acercarse a la laptop para responder el mail de Gastón. El salvapantallas, que aparecía después de algunos minutos de no usar la computadora, mostraba las fotos de vacaciones_2004_méxico. Tal vez su novio había apagado el teléfono y ya, por alguna cena o reunión o algo así. Seguro me avisó y yo me olvidé, se dijo. México 2004 había sido el último viaje que habían hecho entre amigas. De eso hacía ya tres años. Ahora las cosas empezaban a sedimentar lenta y decididamente: Laura planeaba casarse ese mismo año con su novio nuevo, Lupe y Martín se estaban construyendo una casa con tres cuartos en un barrio por la zona norte, y Paula, la noche anterior, había convocado una cena en la que contó que desde hacía tres días ya no estaba tomando anticonceptivos. Así como nunca sabemos cuál va a ser la última vez que pasemos por una esquina, así México amagaba convertirse en el último viaje adolescente, de una adolescencia estirada hasta los límites biológicos de la procreación.

Con la mano izquierda, la del esmalte ya seco, evitaba que el gato se metiera en la fuente de chaw mien. Agitaba la derecha en el aire, soplándola de a ratos para evitar que se le corriera la pintura. De pésimo gusto era el mail que acababa de recibir. De pésimo gusto, también, era que fueran casi las doce de la noche y Julián no hubiese llegado ni llamado para avisar que se le iba a hacer tarde. En el piso hacía más de una hora, la bandeja con los restos de la cena había llenado el cuarto de olor. Helena lo sabía, pero se había acostumbrado y ya no era capaz de distinguirlo. Respondería el mail con una evasiva; Gastón y ella iban a seguir viéndose en el laboratorio y lo mejor era no tensar las cosas. Volvió a sentarse despacio, los ojos cerrados, sin presionar. Recordó las palabras de su profesora de yoga, que cada clase volvía a insistir en eso de evitar los movimientos bruscos, dejar que el cuerpo caiga y se relaje, ser conscientes de cada uno de los músculos y órganos y centímetros de piel hasta llegar a los ojos. Dejar caer los párpados. Imaginar la rotación del globo ocular hasta que queda apuntando hacia adentro, y después imaginar el adentro, desde el centro de la pupila hasta ver nada más que un blanco o una tela de cualquier color suave y uniforme.

Hizo click en “responder”, escribió y no envió:

Hola G. Gracias por la invitación, pero no salgo con ex novios de mis amigas. Un beso, J.

Borró, reescribió y no envió:

Gastón: gracias, pero no puedo, estoy a full estos días, nos vemos en la facultad. Un beso, Helena.

Y contestó el teléfono antes de que llegara a sonar por segunda vez, pesando que podía ser su novio.

- Al fin te dignás a atender.

- Hola nena.

- ¿No escuchaste mis mensajes?

- No, recién llego. Tuve un día imposible.

- ¿Te acostaste con resaca?

- No, problemas en el laboratorio. Me rechazaron un capítulo de la tesis y me comí un garrón terrible con Carla.

- ¿Quién?

- Carla, una compañera. Se enteró ayer de que la madre tiene cáncer.

Su hermana Inés se quedó en silencio. Después, preguntó si era todo verdad. Helena se hizo la ofendida por la sospecha, ¿para qué iba a mentirle? Si le provocaba algo de culpa podía llegar a neutralizarla. Inés, entonces, le recordó el cumpleaños olvidado y le pidió por favor que no faltara a la cena del día siguiente, que la abuela estaba vieja y podía morirse en cualquier momento. Esto no lo decía ella sino los médicos del geriátrico; no con esas palabras, pero lo sugerían.

- Hoy cuando hablé con ella me preguntó si sabía por qué no la habías llamado. Está vieja pero se da cuenta de todo, Lena. No seas forra. No llegues tarde.

- Sí nena, no te preocupes.

- Te toca llevar el helado

- Bueno.

- Julián, ¿todo bien?

- Todo bien, sí…

- Bueno, mejor… con dos kilos está bien creo. No te olvides del sambayón para mamá, plis, eh?

- Dale, no me olvido.

- Besos.

Se quedó con el tubo en la oreja, mirando la pantalla con la respuesta que no se decidía a mandarle a Gastón. Su propia contradicción era lo incómodo. No la de si saldría o no con él, ni la de si engañaría o no a su novio, ni la de si traicionaría o no a Laura o si debería o no abonar la teoría de la traición y la propiedad sobre ciertos cuerpos. Lo insoportable era que todas las anteriores le generasen contradicción en vez de resolverse sin conflicto, en forma automática. Que llegaran a ocuparle quince minutos de su pensamiento en lugar de los dos que llevaría responderle con una negativa igual de breve que su mail. Una respuesta que ni siquiera tenía por qué intentar ser diplomática. Que debería dejar muy en claro que no iba a tomarse ninguna cerveza con él. Y cuando pensó “cerveza” notó que el mail no decía nada de ninguna cerveza. Decía “algo”. Algo podía ser un café, por ejemplo. O un licuado de frutas para comentar los avances de la tesis de la maestría que cursaban, sobre temas similares, en la misma facultad. Pero no. Esa única inicial en la firma hacía todo mucho más evidente. No había forma honesta de pensar que podía tratarse de algo de trabajo.

Cuando el tono de ocupado empezó a hacer un ruido insoportable, volvió en sí y cortó. Marcó el número de Julián. Otra vez, el contestador avisó que no estaba disponible. Casi al mismo tiempo Gastón Hernandez pasaba de “desconectado” a “disponible” en la ventana del chat. Le causó gracia la coincidencia. Sintió algo parecido a la tristeza, y al odio. O tal vez se parecían más a la soledad  y a la culpa.

Gastón dice: Hola
Gastón dice: ¿estás?

Lo que le vino a la mente, lo sabía, fue una justificación. Se imaginó a su novio desnudo con la cabeza de una mujer sobre el pecho. Después en la ducha. Después vistiéndose mientras pensaba qué iba a decirle a ella que había hecho hasta tan tarde. Le pareció verosímil. ¿Era tan grave acaso? Se levantó de la cama y llevó la fuente hasta la cocina. El gato la seguía de cerca rozándole los tobillos con el lomo. Aunque sobraba bastante, tiró los restos a la basura. Seguro Julián ya había comido.

Gastón dice: …

Se cruzó de piernas sobre la cama.

Helena dice: ¿qué hacés?
Gastón dice: tomo una cerveza y como un chocolate. ¿vos?
Helena dice: me meto en la cama en camisón.

Cuando llegó Julián, Helena estaba casi dormida. Lo escuchó dejar la ropa sobre la cómoda –la corbata, la camisa blanca, el saco- y acostarse con toda la delicadeza de la que era capaz para no despertarla. Sintió la caricia en la espalda y el beso sobre el pelo, un beso suave y afectuoso. Se dio vuelta y lo miró a los ojos. Te desperté, perdoname. Él sonreía y hablaba en voz muy baja. Era tierno y sin embargo a Helena no terminaba de parecerle sincero. Pero lo más probable era que no fuese él, pensó. Era ella la que un rato antes había arreglado una cita con otro a las cuatro de la tarde del día siguiente. Se sintió despreciable. Hasta ayer confiaba en él tal vez porque confiaba en ella. Ahora era distinto. Le preguntó dónde había estado con una sonrisa que en lugar de disimular el malestar terminaba por volverlo más explícito.

- La cena con los franceses, ¿te olvidaste? Te dije. Llegaron ayer, se van mañana a la noche. Es la primera vez que están en Argentina. Nos hicieron pasearlos por todos lados. Perdón que se haya hecho tan tarde, mi amor.

Helena hizo memoria. Después de un rato creyó acordarse de algo. Sí, hace unos días él le había dicho de esta cena, en la cocina, cuando desayunaban.

- ¿Dónde cenaron?

- En una parrilla.

- ¿En cuál?

Él dijo que no sabía bien, que habían manejado a la deriva hasta frenar por Boedo o San Cristóbal, no estaba muy seguro, que sí era de destacar la calidad superior de la carne y que un día tenían que ir ellos dos. Le dio un beso. A la pregunta por el celular respondió que se había quedado sin batería. Me lo imaginé, dijo ella. Porque, en efecto, todo era tal y como ella lo había imaginado en su guión. Lo abrazó con fuerza y empezó a besarlo mientras le acariciaba el pelo cerca de la oreja. Para borrar la imagen de Gastón, apoyó la mano izquierda en el pecho de su novio y le acarició los hombros y los brazos. Le pasó la lengua por el cuello y bajó hasta llegar a los pezones, haciendo pequeños círculos primero y chupando más fuerte después, mientras la otra mano jugueteaba con el elástico del calzoncillo. Helena sabía cuánto le gustaba esto a Julián, eso la excitaba. Él la agarró del pelo con mucha suavidad y la levantó. La besó en la boca sosteniéndole la cabeza con las dos manos. Después, la besó en los cachetes, la frente y los ojos. La apretó contra sí, inmovilizándola. Helena entendió a la perfección el gesto y prefirió no insistir. Respiró bien hondo cerca de su nuca. Cuando él aflojó el abrazo, ella volvió a acariciarlo. Qué rico olés, le dijo. Julián, casi dormido, le respondió con una caricia cerca de la cintura. Como a recién bañado, dijo después. Julián la besó despacio y se quedó inmóvil. Su respiración se ponía cada vez más pesada, entrando al sueño. Para borrar las justificaciones, Helena intentó pensar en cualquier cosa. No pudo. Se puso boca arriba, cerró los ojos, intentó dormir. Soñó que estaba en el patio de una casa colonial. A ese patio, rodeado por columnas, daban los balcones de siete cuartos. Helena estaba sentada en una silla en el centro, con su hijo recién nacido, y tenía que amamantarlo frente a su familia que la observaba de pie atrás de las barandas del primer piso. El bebé chupaba de sus tetas y después la mordía y después, insatisfecho, empezaba a gritar. Laura le contaba que había conocido un grupo de chicos que se intercambiaban las ex novias, no las que no les habían gustado sino las buenas, decía, esas con las que valía la pena intentar algo. Después, agarraba al bebé y se lo llevaba. Entonces la hermana menor pasaba por los balcones avisándole a todos que se metieran para adentro, que la función ya había terminado.

2.

En enero el laboratorio, como la ciudad, era un lugar muy tranquilo. La mayoría de la gente se iba de vacaciones, y los que se quedaban tenían poco que hacer. Helena había terminado el trabajo del día a las tres y media. Como no había casi nadie, se había puesto a navegar por internet sin tener que andar cambiando de ventanas para disimular cada vez que se acercaba algún compañero. Leía Número sin calle, un blog con el que se había obsesionado en los últimos meses. Lo escribía una tal Brenda. La idea era simple: todos los días, Brenda sacaba una foto de la puerta de entrada de una casa en la que debía verse claramente el número. Después se grababa tocando el timbre y la respuesta del que atendía – “hola”, o “sí”; a veces “quién es”- y subía el archivo de sonido a la página. Cuando los entrevistados accedían, la autora les sacaba una foto. El nombre de la calle no se veía nunca, pero Brenda aclaraba que eran casas contiguas. El número de la casa era el título del post. En el de ese día, además de la foto de la fachada aparecían dos chicas de unos veinticinco años, con el pelo rojo y lacio, gorditas y muy chatas de adelante –muy parecidas, aunque no parecían hermanas sino amigas que vivieron mucho tiempo juntas. Llevaban jeans y remeras flojas. Una, la más alta, tenía anteojos. La remera de la otra tenía unas iniciales: CSC; abajo, la imagen de un hipopótamo. Al final de cada post la autora subía un texto breve con información que los mismos habitantes le daban sobre la casa, sobre ellos mismos, o sobre cualquier otra cosa. El texto era siempre azaroso, un censo de datos inconexos entre los que Helena buscaba un hilo conductor. El de 2417 decía: “No tuvimos que hacerle nada”.

Helena miraba el cursor titilante sobre el monitor. Lo miraba aparecer y desaparecer. Pensó en lo que estaba por hacer y se sintió una inmoral. ¿Pero por qué tendría Laura derecho a enojarse con ella por tomar algo con un ex que ya era parte del pasado? ¿Por qué, si además estaba a punto de casarse, si ya estaba planificando la luna de miel y tenía elegidos los nombres de los tres hijos que su futuro esposo quería tener con ella? ¿Y por qué carajo estaba preguntándoselo de todas formas? Imaginó otra vez a su madre en el teléfono con algún familiar, amargada. Diría: ¿Lena? Igual, sus amigas tienen proyectos importantes pero ella no. Era pura mierda. Era el típico discurso de una mujer que pone todas las expectativas en formar una familia que siempre será disfuncional. Ella no era eso. Ella, en cambio, sí volvería a irse de viaje sola, a México o a otra parte. Le parecía importante conservar ese espacio, su espacio. Lo haría ese mismo año, o el siguiente, o dentro de cinco. Si había algo que Julián y ella manejaban muy bien era la autonomía. Nunca habían sido una pareja pegajosa, ni se asfixiaban con demandas o celos y menos aún pretendían integrarse por completo a la vida del otro. Cuando tuvieran un hijo seguro todo iba a cambiar, pero Julián creía que no había llegado el momento y ella todavía podía esperarlo. A veces, cuando estaba débil, le reclamaba un poco menos de independencia. Confundía independencia con desamor, o le preguntaba a Julián si no le parecía raro que nunca sintieran celos, como si nunca tuvieran miedo de perder al otro. Los celos son el síntoma del amor y su falta el síntoma de su falta, etcétera. Pero cuando se ponía mejor, Helena volvía a representarse todo en un diagrama de Venn: ellos eran los conjuntos; la intersección, la pareja. Tres cosas distintas. Eso era lo que estaba bien. Esa era la única relación posible en que ninguno fuera fagocitado por el otro. Estaba A, estaba B, y estaba AnB. AnB era todo lo que cada uno de ellos había contaminado, transformado y enriquecido a partir del otro. AnB era lo no individual. AnB eran ellos y a la vez, de una forma extraña, AnB era todo lo que habían dejado de ser.

3.

Habían quedado en una esquina alejada del centro. Gastón se ofreció a pasarla a buscar en su auto, y Helena mintió cuando dijo que iba a estar por esa parte de la ciudad a esa hora. En realidad, iba a estar por su casa, pero no quería subirse al auto de Gastón cerca de su casa, ni tampoco cerca de lo de Laura, o del trabajo de su novio o de San Telmo o Palermo o cualquiera de los barrios en los que ella y todos sus conocidos acostumbraban salir a cenar o tomar algo. Llegó quince minutos tarde para evitar la situación incómoda de encontrarse esperando, sola, en una esquina, como las personas que esperan que alguien las pase a buscar. Reconoció el auto por el color y las balizas prendidas. Apuró el paso. Abrió la puerta, se sentó y apoyó la mochila sobre la pollera a flores para taparse las rodillas. No le gustaban sus piernas, ni siquiera cuando las tenía como esa tarde, perfectamente depiladas. Gastón tenía la cabeza rapada y una remera negra que le quedaba floja. La saludó con naturalidad y le hizo un comentario sobre el tráfico. Tenía la cara un poco roja, también los brazos. Dijo que se había quedado dormido al sol en una pileta, pero que ya le ardía menos. Helena intentaba parecer tranquila, pero cuando preguntó ansiosamente dónde iban a ir dejó en claro que no. Al mismo tiempo, y para sí, se preguntaba para qué había ido. Hay un bar muy bueno a trescientos kilómetros de acá, dijo él en broma. Gastón había agarrado lo que flotaba en el aire con una velocidad que la relajó un poco. No tener que parecer tranquila la tranquilizaba. Después de un par de opciones que ella fue descartando, él propuso que fueran a su casa y tomaran unas cervezas frías que ni siquiera tenían que ir a comprar, porque ya las tenía en la heladera. A ella le pareció bien. Ahí no había posibilidad de que los viera nadie, y además si todo iba bien era mucho más fácil ya estar en una casa. Y era igual de fácil irse después de un rato, sin hacer nada que la volviera culpable de nada más que tomar una cerveza con un conocido. Manejaron unos treinta minutos, tal vez más, porque la casa de Gastón quedaba en la otra punta del mapa. Tener el trabajo en común hacía todo mucho más simple. Les daba un tema de conversación casi inagotable, y que además no resultaba incómodo para ninguno. Hablaron de compañeros del laboratorio, de los avances de las tesis y muy por arriba, para no tocar asuntos deprimentes, del cáncer de la madre de Carla. Unas cuadras antes de llegar Helena buscó su celular y le mandó un mensaje a su novio. Le escribió te extraño, pero no era del todo cierto.

Que Gastón siguiera viviendo en la misma casa no era lo más cómodo. Afortunadamente, Laura se había llevado casi todos los muebles y cuadros después de la separación, por lo que la casa parecía otra. Más desordenada, pero también menos minimalista y fría, que era más el estilo de Laura. Después de los primeros dos vasos de cerveza Helena casi había llegado a olvidar las veces que había estado cenando ahí, con su novio, visitando a la pareja amiga. En cierto momento hablaron de cine.

- La última buena que vi es una rumana. 4 meses, 3 semanas… algo así es el título. ¿La viste?

- No, ¿de qué se trata?

- Dos chicas, una queda embarazada y se hace un aborto ilegal en condiciones pésimas, con un hijo de puta que la obliga a coger como parte de pago. A ella y a la amiga que la acompaña.

- Terrible.

- Sí, muy fuerte. Una escena sobre todo. ¿Te cuento o la vas a ver?

- Contame.

- Hay un primer plano del feto, muerto, que a esa altura ya es casi un bebé

Helena no intentó ocultar la impresión que le causaba el relato, pero Gastón no se detuvo

- Un feto de cuatro meses…

Y cuándo dijo esto acunó el aire con las manos. Y se quedó mirando su propio gesto con una mueca de dolor, como si ahí, entre sus manos vacías, estuviese el niño muerto. Como si de verdad le hubiese afectado. Después de unos segundos volvió en sí. Apoyó la manos sobre sus piernas y siguió.

- El plano dura muchísimo. Deben ser segundos, pero parece más. Se supone que es todo un gran mensaje a favor de la legalización, pero a mí esa imagen me dejó tan mal que salí preguntándome si estaba en contra o no del aborto.

- Yo estoy a favor...

- Sí, yo también, pero digo…

- Pero si a esta edad quedo embarazada no sé si podría abortar.

- Bueno, vos estás en pareja hace muchos años.

- Sí, ya sé, pero Julián no quiere hijos.

Helena no sabía de dónde le había salido aquello. Tampoco sabía por qué estaba contándole a un desconocido algo que no podía hablar ni con sus amigas. Ni siquiera se trataba de los hijos, al fin y al cabo ella tampoco estaba tan segura de querer tenerlos y definitivamente no quería tenerlos todavía, que le faltaba por lo menos un año para terminar la tesis. Respiró hondo y miró para abajo, intentando detener el llanto que la hacía sentir miserablemente necesitada de afecto. Lo logró, salvo por un par de lágrimas que se secó con las manos tratando de disimular el gesto mientras se rehacía el rodete. Gastón dejó la botella vacía en la cocina y trajo un vaso de agua. Se pasó al sillón de dos cuerpos al lado de Helena, con la excusa de alcanzarle el vaso. Helena agradeció y dio un par de sorbos. Después, lo dejó sobre la mesa ratona. En lugar de correr la pierna, sobre la que él acababa de apoyar su mano, Helena miró su reloj pulsera, volvió a acomodarse el pelo y sonrió. Quería que Gastón se alejara, pero a la vez había algo que estaba bien y la hacía sentirse contenida. Sintió la cara caliente y los ojos otra vez a punto de llorar. Cuando él la abrazó, ella terminó de quebrarse. Lloró lo que duraron las dos canciones que le quedaban al disco. Él la tomó del mentón y le levantó la cara. El beso que Helena le devolvió no llegaba a ser frío; lo único que no quería era mirarlo a los ojos. Estaba avergonzada, no tanto por haber llorado, sino por lo artificial de la situación. Era obvio, pensaba Helena, que si no se ponía a llorar ahí se iba a poner a llorar más tarde, o al día siguiente, y que nada de lo que estaba pasando tenía que ver con él. No se sentía especialmente conectada ni fascinada con Gastón. Estaba triste, eso era todo. Un poco cómoda, un poco abandonada, otro poco borracha. No hacía falta mucho más para tener sexo con alguien.

4.

Gastón tenía una forma muy familiar de chuparle la concha. Helena cerró los ojos y pensó que la nuca rapada que acariciaba entre sus piernas era la de su novio. ¿A quién le estaba siendo infiel? Entonces pensó en Laura. Se dio cuenta de que no había pensado en ella hasta ese momento, y eso la hizo sentir doblemente culpable. Se incorporó y se acomodó la pollera. No puedo, perdoname, dijo, mientras se abrochaba el corpiño. Se sintió mala novia, peor amiga, y también una pésima amante, infantil y conservadora. Gastón se acercó y volvió a besarla despacio. Ella lo dejó, pero después de terminar con el corpiño se agachó para agarrar la remera que había caído al suelo. No me hagas esto, ahora no, dijo él, en un tono de voz entre tierno y desesperado, tu novio no tiene por qué enterarse. Ella dijo que no era por su novio, o al menos no sólo por su novio. Nadie nombró a Laura pero no hacía falta. Nadie va a enterarse, Helenita, te lo prometo. Helena se sentía en falta; en un punto, lo sabía, era mucho más fácil salirse de la situación accediendo que teniendo que sostener el no. También era cierto que había ido hasta ahí, se había tirado en su sillón y había dejado que él le sacara la ropa. Él también lo sabía, y por eso, pensaba Helena, la manipulaba diciéndole cosas como “no me hagas esto”. Pero ella no estaba obligada a quedarse, y, aunque lo intentó, no logró tener ganas. Cuando volvió a moverse como para salir del sillón, Gastón la besó en el cuello y le metió una mano abajo de la pollera.  Con la otra mano le tiró un poco del pelo hasta levantarle la cara. Le pasó la lengua por los labios cerrados y después entre los labios, intentando abrírselos.

- No te vas a ir así, ¿sabés?

Helena corrió la cara y agarró la mano con la que Gastón le tiraba del pelo, tratando de zafarse. Él tiró más fuerte y le metió tres dedos en la concha, haciéndole doler. Cuando ella gritó que la soltara, que la estaba lastimando, él le metió la lengua en la boca hasta dejarla casi sin aire. Helena empezó a darle golpes, pero por más fuerza que hacía no lograba salir. Entonces le rasguñó la piel ardida por el sol con toda la violencia de la que fue capaz. Le clavó las uñas pintadas de rojo y las arrastró, desde los hombros hasta la mitad de la espalda, sintiendo cómo se iban llenando de piel muerta. Él se retorció en el sillón y pegó un grito furioso. Helena aprovechó para levantarse y terminar de vestirse.

- Era un juego, loca de mierda. Mirá lo que me hiciste - le mostró la palma abierta de la mano, llena de la sangre que se sacaba de la espalda - Pedime disculpas.

Helena lo miró con odio y siguió juntando sus cosas.

- Bajame a abrir - dijo, de pie junto a la puerta de salida y con el bolso apretado con ambos brazos contra el pecho.

Él no respondió. Había agarrado la remera del piso y estaba pasándosela en la espalda para detener el sangrado. La apoyaba unos segundos en cada sector de la herida, como si se tratara de una esponja, salvo en la mitad del rasguño, donde no llegaba porque era muy cerca de los omóplatos. Rojo sobre negro, la sangre sobre la remera, casi no llegaba a verse. Pero Helena, que sí podía verle la espalda, sabía que la herida se hinchaba de a poco, bordó sobre el fondo quemado de la piel que latía del rojo flúo al naranja. Limpiarse con una remera sucia no parecía la mejor idea.

- Se te puede infectar. Por qué mejor no te lavás.

Gastón dejó de secarse la espalda. Se quedó con la remera en la mano, mirando hacia el suelo. Después, se pasó la remera por la frente y la dejó sobre el sillón. Helena lo vio mirarla. Le miraba los pies y las piernas, justo hasta donde empezaban a esconderse bajo la ropa, encima de las rodillas. Se hubiese tranquilizado más si él volvía a insultarla, pero Gastón se había quedado mudo. También inmóvil. Como si quisiera contener un ataque de ira.

- ¿Qué pasa? – dijo Helena, asustada, y se arrepintió inmediatamente de haber hecho una pregunta tan estúpida y provocadora. No quería que le respondiera qué pasaba, por eso volvió a hablar pronto – Dale, me abrís, tengo que irme – intentaba, con muy poco éxito, naturalizar el diálogo – Voy a llegar tarde al cumpleaños de mi abuela y mi madre me va a retar – y resaltó la palabra “madre” y rió, pero fue una risa llena de miedo.

Gastón se paró y empezó a caminar hasta donde estaba ella. Al verlo acercarse, Helena intentó abrir la puerta para apurar la despedida, pero estaba con llave.

- Está con llave – dijo, nombrando lo obvio como los niños.

- Sí, en general cierro con llave. Por los ladrones...

Cuando terminó de hablar estaba parado al lado de ella. Los ojos de Helena daban justo a la altura de su mentón. Gastón la tomó de los brazos con dulzura.

- ¿Te asustaste? – preguntó con una sonrisa.

Helena dijo que no con la cabeza y sonrió, algo avergonzada, tratando que no se le notase la ansiedad por bajar. Gastón le acarició el pelo y le dio un beso. Ella se sonrojó y volvió a decir que tenía que irse. Él la besó otra vez, más fuerte que antes. Llevó una de las manos de Helena hasta su pantalón y la frotó sobre la pija dura bajo la tela del jean. El bolso de Helena cayó al suelo. Su celular, un pequeño espejo con el marco plateado y un dibujo de Betty Boop en el reverso, el delineador con el que se había resaltado la curva de los ojos antes de salir; todo estaba desparramándose. Gastón le apretó las muñecas por detrás de la espalda y la llevó a la fuerza hasta el cuarto. Con la otra mano le tapó la boca. La tiró en la cama y se sentó sobre su estómago, dejándole los brazos aprisionados bajo el cuerpo. Helena había empezado a llorar y se contorneaba para liberarse. Gastón estiró un brazo hasta alcanzar el cajón de la mesita de luz y sacó un pañuelo. Después le ató las manos. Si te gusta, le dijo, y le acarició la frente. No quiero verte llorar.

5.

Se había hecho de noche y recién terminaba de llover. Los pocos autos que pasaban por la calle levantaban un rocío que se colaba a través de la ropa y lo humedecía todo. Helena caminaba apurada para cualquier lado, buscando una avenida en un barrio que casi ni conocía, pero no quería preguntarle nada a nadie. No quería hablar con nadie ni que nadie se le acercara. Estaba llegando tarde a lo de su abuela. Estaba sucia, con el rímel corrido. Arruinada para siempre aunque en unos días todo pareciera menos trágico. Buscó el celular de su bolso y revisó el mensaje que acababa de entrarle. Era de Julián. Decía: ¿Dónde estás amor? Sos la única que falta. Te extraño. Apurate. Sintió algo parecido a un viento fresco que le subía desde el estómago hasta la cara y le devolvía una parte del aire que le habían sacado. Respondió que ya estaba por llegar y que lo amaba, y era así, nunca había sido más cierto. Encontró un bar, vacío, como la calle, como todo. Pidió permiso para ir al baño a pesar del cartel bien grande que advertía que el uso de las instalaciones era sólo para clientes. El mozo, un gordito de unos cincuenta años con pinta de gallego, la miró de arriba a abajo antes de dejarla pasar. Dijo que sí con una mueca asquerosa. Helena sintió la mirada del mozo en su culo mientras subía las escaleras hasta el baño y sintió un profundo deseo de darse vuelta y escupirle la cara. Trabó la puerta, apoyó las manos sobre el lavatorio y se largó a llorar. Abrió la canilla. Se mojó la cara tres veces con las dos manos llenas de agua y se acomodó el rodete lo mejor que pudo. Buscó una toalla de papel en el dispenser, pero estaba vacío, como todo. Miró alrededor. Era un baño asqueroso y mínimo, con azulejos color ocre y una luz débil. Apenas había lugar para moverse. Se acercó hasta el inodoro y se sacó la bombacha para hacer pis sin mojársela. Levantó la pollera hasta el estómago, evitando rozar las paredes y la tapa del inodoro que estaba salpicada de todo. El tacho de basura rebasaba de papeles sucios. A un costado, asomaba el hilo celeste de un tampón manchado de sangre. Contuvo las arcadas mientras se sacudía para no mancharse la ropa. Algo mareada, apoyó una mano sobre los azulejos. Estaban húmedos. Caminó con las piernas abiertas hasta el lavatorio. Enganchó la pollera en el corpiño y abrió la canilla. Se mojó la entrepierna y las piernas y la panza. Se refregó la concha con la mano hasta dejarla limpia. Se raspó con las uñas hasta sacarse todos los restos del semen seco y se secó con el sweater, como una esponja, igual que Gastón un rato antes, cuando se secaba la sangre de la herida que ella le había causado.

6.

El olor, los ruidos, la forma en que entra la luz por las ventanas. La música desde el comedor. En el plano del recuerdo, todo se combina siempre de la misma forma. La infancia es una foto vista muchas veces. Aunque nunca haya sido exactamente así.

Inés escuchó el ruido de la puerta y se acercó hasta el hall. No saludó a su hermana. Se limitó a mirar el reloj cucú, que marcaba el tarde, la media falta, y después las manos y los ojos vacíos de la recién llegada. Lo que dijo fue:

- ¿Y el helado?

Y después: desconsiderada, inmadura, abusiva y sin registro del otro. Agregó: no me sorprende, pero soy una idiota porque me seguís decepcionando. Lo que Helena respondió no fue capaz de eximirla. Dijo:

- ¿Te parece, tanto, por un helado de mierda?

¿Qué hacía a Inés mejor que ella? Arriesgó una lista: un trabajo formal y mucho mejor remunerado que el suyo, una vocación filofamiliar, la voluntad para sobreadaptarse, una habilidad deslumbrante para la victimización y otra, no menos dotada, para la negación. Helena tenía motivos muy buenos para haberse olvidado del postre. ¿O no? ¿O estaba, como decía Inés, preocupándose nada más que por ella?

- Perdón. Me olvidé. Tuve un día complicado. ¿Lo voy a buscar ahora, querés?

Y atinó a agarrar otra vez la cartera que había dejado tirada en la silla de siempre. Inés le dijo que hiciera lo que quisiese y volvió a la reunión. Se oía la risa de su novio. La irritaba escucharlo reírse y que él no la hubiese escuchado llegar. Y la voz de la madre, que decía algo sobre la paciencia infinita, los hijos y el matrimonio. Y las hijas de su hermana, sus sobrinas, jugando con una muñeca gigante y rubia que bailaba al ritmo de una música grabada en inglés.

Miró alrededor. Volvió a sorprenderse de que las paredes parecieran siempre recién pintadas. La casa de su abuela la habían comprado unos años después del nacimiento de Helena y nunca habían tenido que hacerle nada. Su madre le enseñó que antes de comprar hay que mirar dos cosas: el entorno y la humedad de cimientos. Todo lo otro se puede arreglar.


Natalia Moret nació en 1978 en Lanús. Socióloga y escritora. Publicó cuentos en las antologías de rigor.. Actualmente se encuentra trabajando en su primer libro, a editarse próximamente. Lleva el blog http://despueselaspiedras.blogspot.com