Carlos Astrada. La Filosofía argentina
por Federico Thomander

Gracias a la editorial “El Cielo por Asalto”, en el año 2004 vio la luz el ensayo biográfico que Guillermo David hiciera sobre filósofo Carlos Astrada, un volumen de 392 páginas, con una economía espacial relevante.

Previo a realizar un recorrido somero, por algunas particularidades que presenta y devela el libro en cuestión, diremos que consistió en un trabajo no inferior a los diez años de investigación para su autor, y que, por lo tanto, quien aquí lo reseña ofrece sus disculpas de antemano por el atrevimiento de “reseñar” semejante investigación. 

Este género en el que me aventuro, ya que otro término no cabe, posee ciertas excentricidades a la hora de escoger el rumbo de la narración. Podríamos sintetizar el libro a reseñar, con la idea general que nos ha dejado o bien, se nos abre la posibilidad de realizar una re-lectura (escrita), repleta de citas y aditivos del estilo, para llevar al posible lector hacia la idea general que el libro ha dejado en el reseñante, ambos caminos se deslizan entre el tedio y el plagio.

Carlos Astrada nació el 26 de febrero de 1894 en Córdoba, su biografía, al contrario de lo que Borges afirmara sobre Kierkegaard, es tan rica en hechos como en reflexiones. No es el objeto del presente realizar una síntesis de la vida del filósofo, para ello bien puede leerse el libro reseñado, sin embargo traeremos algunos retazos del “Astrada” de David, para darnos una idea de la importancia del filósofo argentino. 

1.

Diremos, en primer medida que David escoge concienzuda y provocativamente el subtítulo de su obra: “La filosofía Argentina.” Queda claro a lo largo de todo el texto que el objetivo encalla certeramente en la afirmación y reivindicación de la filosofía argentina, que, en última instancia, se erija, conforme el pensamiento astradiando, en una filosofía emancipada. No es casual que poco tiempo después la revista  “La Biblioteca”, órgano de difusión de la Biblioteca Nacional, renacido gracias a los augurios de quien por entonces fuera su director, Elvio Vitali (recientemente fallecido) y Horacio González (actual director de la misma), en el invierno de 2005 en una edición doble (Nros. 2 y 3), y que tuviera como eje de debate central la pregunta: ¿Existe la filosofía argentina?

A esta pregunta, tan cara al pensamiento local y continental, David alista sus filas para vociferar un SI. Si existe la filosofía argentina y además “Astrada es la cima mayor alcanzada por la filosofía argentina en el transcurso del siglo XX”. 

En la revista antes mencionada se publicó una nota intitulada “Historia autóctona de la ideas filosóficas y autonomismo intelectual: sobre la herencia argentina del siglo XX”, firmada por Gerardo Oviedo, en la que se pretende un recorrido “histórico” de las ideas argentinas para tratar de responder a la pregunta sobre la existencia de la filosofía argentina. Resulta de interés el debate de ideas y político, simultáneamente, entre los grupos de Francisco Romero y de Carlos Astrada, cuestión que no profundizaremos por el momento.

Sin embargo nos resulta importante resaltar las palabras que Oviedo cita de Oscar Terán (en “Jornadas 45 años de Filosofía en la Argentina”- Cuadernos de Filosofía, Nro. 40, Abril 1994): “En actitud revisora, Terán asevera que “la filosofía no es autónoma”, sino “que es un `estilo´ que tematiza siempre lo otro de sí misma, y que en esta relación entre lo que ella es y lo que ella no es se ha jugado siempre y se sigue jugando el destino de la filosofía”.

En relación a la noción de “estilo”, hay algo en ella de singular curiosidad. Ahora, ya en el texto de David, y éste citando y parafraseando a Astrada veremos que “El “hombre argentino real, el de hoy, el que, dueño de sí mismo ahonda su huella en el suelo nativo e inquieto y generoso, poseído de vocación universalista, también toma su parte en los anhelos del mundo”, se encamina a su consumación. Mas pese a su estado de inacabamiento, dice, hay ya un “estilo argentino” que anuncia caracteres típicos fundamentales” de ese “formato espiritual” en el que prima un equilibrio inestable entre virtudes y falencias.” Sigue David, en su pantagruélica tarea de interpretar en clave de Heidegger el “Mito Gaucho” de Carlos Astrada, diciendo: “Los firmes trazos ontológicos originarios, en los que puja la inacabable fuente mítica de la que procede la existencia histórica de un pueblo, se velan por el olvido a que los someten las generaciones desertoras del mito: proponer develar la estructura esencial del hombre argentino tiene entonces el sentido de una reparación”.

A esta altura resulta antojadiza la elección de ambas citas (excesiva e inevitablemente extensas por cierto), ya que si bien una habla del “estilo” de una filosofía lo otra habla del “estilo” de un hombre. Sin embargo, conforme nuestro entendimiento, no resulta así, y aquí es donde vemos posible la divergencia posible entre la afirmación o negación de la filosofía argentina. Terán universaliza al hombre y localiza a la filosofía, mientras que Astrada, y David con él, realiza el camino inverso, la filosofía entra en la Pampa, y, consecuentemente, en el hombre argentino.

No resulta ocioso agregar en este punto, a modo de pequeña distracción, la figura de Juan Bautista Alberdi. Dice Horacio González [1]: “Verdadero principium individuationis de un colectivo moral, la relación entre filosofía y nacionalidad lo inspira a Alberdi para el célebre dictum, es preciso pues conquistar una filosofía para llegar a una nacionalidad. Si hay un modo de ser específico de lo social, hay que hallarlo mediante nombres que lo singularicen filosóficamente.” 

2. Torno al Mito Gaucho

Contrariamente a lo que sentenciara Paul Groussac [2], sobre el breve futuro del Gaucho, Astrada entiende una continuidad, una genealogía común, de fuerte trascendencia político-social. Dice David al respecto: “Ciertos aspectos –el ser hombre de lejanía, sujeto de constitución ontológica desastrada por la apatridad- de lo que Astrada ve en el gitano, será aquello que encontrará en la figura del gaucho, paradigma mítico del hombre argentino, y lo conducirá a cifrar en él, en su descendencia (en “los hijos de Fierro”, según él dirá por ve primera, para engrosar la historia de las metáforas estético-políticas argentinas, en referencia al pueblo llano del peronismo), las posibilidades emancipatorias del país.”

Borges, oblicuamente a lo planteado por Groussac, desde una perspectiva menos arraigada en la tierra esbozada por Astrada, con una clara tendencia a desarticular la importancia de la figura del Gaucho (literariamente, y, en clara consecuencia, políticamente), afirma una especie de universalidad del jinete (rider, en inglés) y llega a equiparar a ambos, al decir: “Ese hombre (el jinete) en estas tierras fue el gaucho”[3]. Amén del posicionamiento que toma Borges, afirma, emparentadamente a la inteligencia esbozada por Astrada, y contrariamente al pronóstico groussaquiano, que “Muerto, el gaucho sobrevive en la sangre y en ciertas nostalgias oscuras o demasiado públicas y en la literatura que inspiró a hombres de la ciudad”.

Lo que resulta clarísimo es la diferencia genealógica que presenta Astrada y Borges, mientras que el primero afirma (como una reivindicación política en su trasfondo) una continuación emancipatoria, Borges sostiene una continuidad meramente formal y diluida, y omite, gracias a una supuesta inocencia política, pronunciarse sobre la importancia de dicho árbol genealógico argentino.

Previo a seguir con este pequeñísimo acercamiento a la temática planteada, resulta interesante destacar cómo tanto Groussac como Astrada observan una raíz oriental del gaucho. Leamos: “En El mito gaucho el linaje arábigo del habitante de las pampas, ese otro desierto, desplazará hacia el beduino el antecedente del paisano” (G. David, ob. cit., pág. 34), por su parte Groussac dice que “El mismo gaucho, flexible y esbelto, con su tipo semiárabe, no tiene en las venas sino una parte diminuta de sangre indígena desleída después de cada generación en un agregado más rico de sangre europea[4]” 

El mito gaucho es sin duda el libro que marca a fuego este período vertiginoso (1945-1949) de su pensamiento, ante todo por la relación directa con la política inmediata que comporta (aunque, obviamente, no sólo por ella: es, como escribirá Andrés Mercado Vera, un verdadero clásico de la filosofía argentina del siglo XX). Junto a La revolución existencialista conformará el gozne de su evolución hacia ese otro sitio radical del saber al que arribará –el marxismo-, constituyéndose en un elocuente tributo a sus orígenes ideológicos a la vez que en virtual consumación de la relación entre su pensamiento y la historia [5]”

Es destacable el movimiento intelectual y político, que Astrada realiza en este momento. Erigiéndose como “filósofo del estado”, destaquemos acá las estrechas relaciones de Astrada con el peronismo (ejemplo de ello lo constituye la organización del Primer Congreso Nacional de Filosofía en 1949 en Mendoza). Previo a ello, destacamos que Astrada estudió las filosofías más encumbradas en Alemania no menos que con Max Scheler, Husserl y el afamado Martin Heidegger, observó muy de cerca el distanciamiento entre la fenomenología de Husserl y el existencialismo heideggereano. Devuelta en la Argentina, recién pudo abrirse el camino institucional de la filosofía con la llegada del peronismo (movimiento del que después marcará sus diferencias), vía que se le cerrará con la Revolución Fusiladora (también mal llamada Revolución Libertadora). Adelantamos que luego de su “pasaje” al marxismo, Astrada tuvo la oportunidad de viajar a la ex U.R.S.S. y entrevistarse con Mao Tsé-tung [6]. 

Es por demás interesante realizar una lectura comparativa entre las diferentes ediciones de “El mito gaucho”, tarea que muy concienzudamente realiza G. David, veamos: “Al igual que sucediera con su libro sobre Nietzsche (…) contamos con una reedición notablemente ampliada, del año 1964, en la cual Astrada nos obsequia con su propia visión de los resultados críticos, mentados con fines polémicos y en parte morigeradamente autojustificatorios, que sucedieron a la primera versión del `48, contra los cuales se recortan sus énfasis y reacomodamientos.”

El destino del gaucho –su génesis-, es el destino de la nación, de la nación emancipada, conforme lo entiende Astrada. Dice David, tratando de encontrar el punto clave de la principal obra del filósofo (pág. 182): “Del diseño cosmogónico pasa entonces a la proyección política del mito. Martín Fierro vuelve munido de “una sabiduría decantada en solitaria meditación” de su exilio en el desierto. Un ideario político, “una concepción estructural de la comunidad argentina”, nada menos, es lo que ha forjado en “verdades de densidad y justeza aforística”. (…) Para Astrada es sólo un promoción histórica de la figura del gaucho la que ha caducado; éste se ha metamorfoseado para adaptarse a la situación histórica y a una nueva organización técnica. (…) En su estampa originaria, sostiene, “… murió porque era su destino renacer”. El arquetipo de Fierro rige este devenir, porque “lo que perdura, lo instauran los poetas” (Hölderin). Su resurrección será, pues, la del país” 

3.

El Astrada de David se sitúa como una trinchera que viene a declarar la existencia de la filosofía Argentina, que, además de la búsqueda y la interrogación emancipatoria, se zambulle en un entrecruzamiento histórico, político y filosófico con el objeto entender y desentrañar medio siglo de filosofía e historia nacional y continental.

La lectura, a pesar de la densidad de  las temáticas recorridas (ontología existencial en clave heideggereana, fenomenología, Revoluciones americanas, discusiones marxistas de dialéctica negativa –H. Marcuse-, debates con Gramsci, Lukács, Reforma Universitaria, entre muchísimos otros), es clave para abrir puertas de re-lecturas e investigación en miles de aristas que la obra deja abierta.

Indispensable: la lectura del libro y la revisitación periódica del mismo

 

Notas

[1] “El filósofo argentino: ¡dificultades!” La Biblioteca Nro. 2-3, 2005

[2] “El Gaucho – Costumbres y creencias populares de las provincias argentinas” conferencia pronunciada el 14 de Julio de 1893. El viaje intelectual - Primera Serie, Ed. Simurg, 2005, pág. 71 a 95.

[3] “El Gaucho” en Obras Completas IV: Prólogos con un prólogo de prólogos, Ed. Emecé, 2003, pág. 61 a 63.

[4] Ob. cit. pág. 77/8.

[5] Guillermo David, ob. cit., pág. 177.

[6] Esperemos sepan disculpar la escueta síntesis biográfica de Astrada. Solo hemos marcado algunos hitos –muy pocos- para poder darnos una idea de la figura del filósofo. Para mayor abundamiento se puede leer la obra aquí reseñada.


Thomander (1983) es Abogado y filósofo vitalista. Disfruta de las siguientes cosas, no necesariamente en este orden: la Napolitana de los restó paquete del centro de La Tablada; la transhumancia, la lectura de párrafos farragosos de filósofos alemanes, el camping, el exagerado ahorro, la poesía del Cuchi Leguizamón y el fraseo del Polaco. De hábitos decimonónicos y gustos cosméticos propios de las primeras décadas del siglo XX.