María Elena Walsh. Sinsentidos y Nomeacuerdos
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Que la obra poética, narrativa y musical de María Elena Walsh, tanto la infantil como “para adultos” es obra digna de ser atendida y disfrutada es un hecho demostrado con creces y debidamente publicitado. María Elena Walsh es una de las personalidades hoy vivas más prolíficas, queridas, premiadas y homenajeadas. No obstante, en cuanto a la aceptación casi institucional de su trabajo, la ausencia de una lectura de su obra en relación a un campo cultural específico para cualquiera de las artes en las que ha incursionado, la conjetural consagración de su obra (por lo menos indiscutible en términos editoriales) y el nivel de prestigio automático que evoca su nombre en boca de políticos, periodistas, conductores de T.V. y padres preocupados por la estimulación de la sensibilidad artística y la sana lectura en sus hijos, la figura de María Elena Walsh resulta compleja aún queriendo analizar simplemente su labor dentro de la literatura infantil. Corre el riesgo de ser una persona que canta bien, compone bien, escribe bien, para chicos y para grandes y es la perfecta cortina musical e ideológica para un magazine matinal. Así como la obra poética de una escritora que obtuvo el premio mundial de Literatura José Martí y fue traducida a diez lenguas es escasamente leída y aún en menor medida analizada críticamente, la figura de María Elena Walsh en tanto que intelectual ofrece también sus paradojas. En 1947, a la edad de diecisiete años, se costea la publicación de su primer libro de poemas otoño Imperdonable. El libro la hace merecedora del premio municipal de Poesía y de inmediato cae bajo el padrinazgo del poeta español Juan Ramón Jiménez quien, obnubilado por la frescura, la sencillez y las logradas imágenes de los cuidados versos de Walsh, la lleva una temporada a Nueva York en pos de enriquecer la experiencia, el roce y el acervo cultural de la austral poeta en comunión estética. Fueron esos los años de participación en “El Hogar”, las tertulias literarias y la publicación de sus poemarios Apenas Viaje (1948), Baladas Con Angel (1951) y Casi Milagro (1958), de tono siempre local, de innovaciones léxicas, de privilegio expresivo y atenta pero amena métrica.
Pasada ésta que podría considerarse una primera etapa de su obra, María Elena Walsh escribió buena parte y quizás la más significativa (sobre todo poética) de sus obras infantiles en Francia, encontrándose de gira musical junto a Leda Valladares, con quien recorrió el país ofreciendo exitosos conciertos que mostraban parte del repertorio folclórico tradicional así como composiciones del dúo. Pasados los poco estimulantes fervores peronistas de la primera y segunda presidencia, Walsh y Valladares regresan a la Argentina con las debidas credenciales como para poder instalarse respetablemente en el mundo del folclore, doblemente machista hablando a la vez de música y de folclore, mundo que para ese entonces ostentaba sus mejores figuras, el emblemático Yupanqui y el exquisito Leguizamón. No obstante el dúo realiza una gira por el país, pasada la cual dan por terminada la experiencia. Valladares y Walsh continuarían siendo colaboradoras mutuas en muchos emprendimientos, tal como la ardua edición musical de Manuelita tras reiterados portazos de productores y sellos discográficos. Walsh, sin embargo, volvía del autoexilio, o de la bohemia parisina, o de la afortunada gira musical o de lo que se considere, con muchos papeles escritos y con renombre. Para ese entonces María Elena ya había recorrido un trecho en el mundo de las letras y su trabajo con la literatura infantil es la manifestación de fuertes convicciones que hacían a su concepción, profundamente arraigada a los debates del momento, sus vertientes, los círculos y las corrientes de la época, de la poesía, el aprendizaje y la conciencia. Por ello es que, estableciendo el pacto de considerar primeramente a María Elena Walsh como lo que efectivamente es hoy en día (la señora de las canciones para chicos), a través de sus obras infantiles, Maria Elena Walsh ofrece una posibilidad distinta de tratar el mundo de la intelectualidad y las derivaciones que este campo trae tanto en su carrera como en lo que la consagración hará de su figura, incluyendo maestras jardineras, Bernardos Neustadt entrevistadores y coros de “Como la cigarra” como manifestaciones de esta atípica -por un pelo- intelectual. La Literatura Infantil. No es lo que parece. Las inocentes obras para chicos que nunca ocuparon ni ocupan más lugar que el de inocentes obras para chicos son, en su persistencia, un hecho que permite detectar el cambio de estéticas dominantes que se ha dado en los productos culturales infantiles sin que por ello fuese necesario – ni conveniente - deshacerse de los viejos poemas, libros y canciones de María Elena Walsh. En una entrevista a realizada por Alicia Origgi, María Elena Walsh habla de sus comienzos como escritora de literatura infantil y declara que “en su momento, fue revolucionario pensar que la poesía no debía tener contenido didáctico”. Walsh establece sus vertientes de influencia en la corriente inglesa de literatura infantil del Non Sense, cultivado principalmente por Lewis Carrol (Alicia en el País de las Maravillas). Dicha corriente postulaba la necesidad de introducir al niño en la idea del absurdo como forma de dominio y relativización de las propias percepciones (que en la infancia resultan especialmente determinantes) y estimular el uso estrictamente recreativo, inoperativo del discurso, función que en la vida adulta sería definitivamente casi imposible de lograr. Hoy, el didactismo autista y frenético que reina en los productos culturales infantiles audiovisuales y textuales en los cuales no pasan dos escenas o líneas sin que el muñeco protagonista en cuestión sermonee sobre las bondades de la verdura, la tolerancia y el estudio, la afirmación sigue siendo (y lo es aún más) revolucionaria. Para muchos de nosotros probablemente ha sido por lo menos chocante recibir, hace pocos años, la noticia del estreno de la película Manuelita (amén de lo insólito del largometraje de una canción que dura menos de cuatro minutos) y ver, en los avances, que La Tortuga Manuelita no era una tortuga sino una humana verde perfectamente bípeda e hispano parlante con un algo en la espalda que sólo sospechamos caparazón, porque la verdad es que los cuadros casi nunca lo muestran del todo. Presumiblemente, a los creadores del film (incluido García Ferré y su irritante Anteojito), el carácter reptil de tan edificante personaje les resultaba incómodo y era necesario volverla lo más antropomorfa posible para que pueda ir a París con ambiciones de mujer fatal en busca de las virtudes de la cosmética y sentir el destierro, la nostalgia por su tierra, el arrepentimiento. La “controvertida” historia de Manuelita fue publicada en 1963, incluida en el libro de poemas El reino del revés. Y que su autora fuera merecedora de varios trabajos que analizaron su estilo y sus efectos. En uno de ellos, titulado El poder joven y publicado en 1970, sus autores, Gustavo Cigliano y Ana Zabala Ameghino, bautizaron como "la generación Manuelita" a la generación del '55 porque "la odisea de la tortuga simboliza las aspiraciones de esa juventud", la misma que hoy ha madurado hasta transformarse en nuestro establishment dirigente. En fin. No se trata de acusar a la película de anular el sentido trasgresor de la tradicional historia diluyendo la conducta rebelde y audaz de Manuelita y el agridulce desenlace de su historia en una típica fábula con moraleja. Ni mucho menos, el tratamiento de la figura como María Elena Walsh como intelectual se basa en el vicioso ejercicio de buscar profundidades significativas de interpretación que justifiquen de prolongada, amplísima y aparentemente inexplicable aceptación de la que goza en un producto cultural por parte del público masivo. Ahora bien, quien se atrevería a decir que la escritora de “La Reina Batata” es una intelectual? ¿Y más aún, una intelectual heterodoxa? ¿A quien se parece más María Elena Walsh? ¿A Magdalena Ruiz Guiñazú, a Mecedes Sosa o a Norah Lange? Sin duda, a todas un poco, pero nunca a Beatriz Sarlo, quien nunca hubiese cometido el desatino, a los diecisiete años, de escribir un buen libro de poemas. Más bien dejar esas observaciones para la complicada prosa de la madurez. Quizás si nos atrevemos, en un irresponsable acto de arrojo a decir que la fábula es a la conciencia infantil lo que el peronismo es a la adulta, el devenir de la figura de María Elena Walsh a lo largo de los años de su carrera puede volverse más comprensible superando la idea de un cúmulo caótico de felices incursiones en distintas disciplinas artísticas, y más o menos oportunas declaraciones. Si bien es cierto, es definitivamente imposible hablar de algo así como “El Pensamiento de María Elena Walsh”, sus años de inquietud, desplazamientos y heterogéneas producciones seguidos por sus posteriores y reposados años de impasible aprobación y prestigio marcan un devenir un tanto tristemente conocido: el del intelectual cooptado, en este caso por reducción de una obra que resultaría difícil de unificar y por diluir las aristas y los sinsabores lógicos de una personalidad que fue y volvió del peronismo y de la vanguardia. Lo destacable de la personalidad de una mujer que se adentra en los círculos artísticos de una época agitada, se jacta de su formación popular, responde fluidamente a los aires de vanguardia de la época sabiendo ubicarse como buen ejemplo del espíritu de multiplicidad, convivencia y correspondencia de diferentes expresiones artísticas y, evocando a su Ramos Mejía natal, practica un saludable y efervescente anti peronismo de rigor en sus versos “para adultos” más conocidos (o menos desconocidos) como “El 44”, el poema que introduce el célebre y retomado vocablo Quejedi para referirse al entonces presidente. Ni por rebelde ni por estereotipo, Manuelita no responde a la, tan ponderada por el periodismo de espectáculos, virtud de “actual” o “anacrónica” si se trata de tomar al famoso poema dentro de la obra de una figura como Walsh. Como tampoco lo son sus poemarios, hoy prácticamente desconocidos y por los cuales algún enterado debe dar la cara y explicar que son “para adultos”. Y como tampoco lo es María Elena Walsh, siendo que acaso, en mi opinión, la publicación de cartas abiertas en diarios, la obtención de dos o más homenajes en un año y, en un criterio más local, el amaine de cualquier contundencia política, marcan el fin de la vida útil de un intelectual. Y luego, por supuesto, los avatares con que lidia todos los días cualquier buen pan intelectual, viajar, atender entrevistas, ser antiperonista, arrepentirse, esas cosas… Cecilia Edith Gitelman, nacida en Buenos Aires en 1985. Egresó del colegio secundario con Título de Bachiller Administrativo Contable. Se ha desempeñado desde entonces en trabajos ocasionales y poco calificados. Estudia Letras en la Universidad de Buenos Aires, donde se destaca por ser común. |